Las cicatrices invisibles de las guerras
Día Mundial del Medio Ambiente, 5 de junio de 2026
No es la primera vez que escribo sobre el impacto medioambiental que tienen las guerras, pero eso no impide que vuelva a insistir en este punto porque no solemos ver este enfoque en los periódicos.
Vaya por delante que lo más importante siempre en cualquier conflicto armado son las personas, pero cuando se contabilizan las víctimas solo se suelen reflejar las directas pero no solemos escuchar cifras que afectan a las personas a largo plazo ya sea por las heridas causadas o por las consecuencias del deterioro medioambiental que se ha ocasionado que afecta gravemente a cuestiones de salud y que a veces tardan décadas en solucionarse.
En la memoria colectiva la guerra suele medirse en vidas perdidas, ciudades arrasadas y economías colapsadas. Mucho menos visible, pero no menos devastador, es el daño que los conflictos armados causan al medio ambiente. Bosques incendiados, suelos envenenados, ríos convertidos en vertederos químicos, fauna desplazada y climas locales alterados conforman un mapa de heridas que perduran décadas después del alto el fuego. Entender esas consecuencias no es un ejercicio académico: es una urgencia para cualquier plan serio de paz y de reconstrucción.
En la memoria colectiva la guerra suele medirse en vidas perdidas, ciudades arrasadas y economías colapsadas. Mucho menos visible, pero no menos devastador, es el daño que los conflictos armados causan al medio ambiente
La guerra actúa como un multiplicador de impactos ecológicos. Allí donde se combate, se interrumpen sistemas complejos que sostienen la vida: ciclos hidrogeológicos, redes tróficas, reposición de suelos y servicios ecosistémicos como la polinización o la captura de carbono. La destrucción de infraestructura civil —centrales eléctricas, plantas de tratamiento, depósitos de combustibles, represas— desata cadenas de contaminación difíciles de contener. El resultado es una forma de colapso silencioso: cuando el conflicto cesa, la degradación continúa, alimentada por minas abandonadas, vertidos persistentes y erosión acelerada.
Hagamos un ligero resumen de los principales daños medioambientales que nos encontramos en las guerras, dejando claro que es solo un resumen.
Contaminación del suelo y del agua
Entre las huellas más profundas destaca la contaminación por metales pesados, hidrocarburos y sustancias tóxicas. La artillería, los explosivos y el blindaje liberan plomo, cobre, antimonio y mercurio que se acumulan en los suelos. Eso sin mencionar las armas atómicas de las que ya hablamos en un artículo anterior, pero también las de uranio empobrecido que contaminan suelo y agua por un largo tiempo. Los incendios de depósitos de petróleo o gas esparcen hollín y compuestos orgánicos persistentes que se adhieren a partículas de polvo y se depositan en las cuencas. Cuando instalaciones industriales son bombardeadas se derraman su contenido que acaban en el suelo, en los acuíferos y en los ríos. Estas cargas tóxicas alteran la química del agua, afectan la reproducción de peces y anfibios y exponen a las comunidades a enfermedades gastrointestinales, cánceres y trastornos neurológicos.
La guerra también degrada infraestructuras claves para la calidad del agua: estaciones de bombeo, redes de saneamiento, diques y humedales artificiales. Con el tratamiento interrumpido, las aguas residuales se vierten directamente en ríos y mares, proliferan las algas nocivas y disminuye el oxígeno disuelto, creando zonas muertas.
Deforestación, pérdida de biodiversidad y desplazamiento de fauna
La cobertura forestal sufre por partida doble: como objetivo estratégico y como recurso de supervivencia. La tala intensiva para combustible, el despeje de campos de tiro y los incendios provocados reducen hábitats, fragmentan paisajes y debilitan corredores biológicos. En zonas de combate prolongado, los suelos compactados por maquinaria pesada y explosiones pierden estructura, disminuye la filtración y se dispara la escorrentía. Esto erosiona laderas, entierra arroyos con sedimentos y degrada la fertilidad, dificultando el retorno de la vegetación nativa. Todo esto afecta a las especies autóctonas y también a las especies migratorias.
Aire tóxico y clima local alterado
El cielo de la guerra suele ennegrecerse no solo por el humo de los combates, sino por incendios de pozos petroleros, quema de neumáticos, destrucción de flotas y depósitos lo que provoca la liberación de dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles que agravan enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Los efectos se extienden mucho más allá de la línea del frente: partículas transportadas por el viento recorren cientos de kilómetros, afectando ciudades y cultivos alejados de las zonas de conflicto.
A escala climática, la huella de carbono de los conflictos es considerable, aunque difícil de medir con precisión. El uso sostenido de combustibles fósiles por parte de ejércitos (tanques, aviones y otros vehículos utilizan enormes cantidades de combustible), la destrucción de infraestructuras energéticas y la pérdida de sumideros de carbono —bosques, turberas, manglares— elevan las emisiones netas. La reconstrucción posterior, con un boom de cemento y acero, añade otra ola de CO₂. La alteración local del albedo[i] por suelos desnudos y áreas quemadas puede modificar patrones de precipitación regionales, amplificando sequías o lluvias extremas.
Agricultura envenenada y seguridad alimentaria
La confluencia de suelos contaminados, riego irregular y abandono técnico deja a la agricultura en una encrucijada. Los cultivos pueden acumular metales pesados y residuos de explosivos, llevando toxinas a la cadena alimentaria. La pérdida de polinizadores —por pesticidas usados sin control o por destrucción de hábitat— reduce los rendimientos de frutas y hortalizas. El ganado bebe de pozas contaminadas y pasta en campos con metralla o restos plásticos, enfermando o muriendo, mientras la falta de veterinarios y refrigeración empeora las pérdidas. La inseguridad alimentaria resultante empuja a más deforestación de emergencia y a pescar de forma destructiva, lo que amplifica la degradación.
Ecosistemas costeros y marinos bajo estrés
Los conflictos cercanos a costas y puertos dejan una estela en el mar. Los derrames de petróleo, la destrucción de almacenes químicos y el hundimiento de buques liberan contaminantes que se acumulan en sedimentos y bioacumulan en la fauna marina. Las artes de pesca pierden regulación y emergen prácticas depredadoras como el arrastre ilegal y la pesca con explosivos. Los arrecifes —barrera natural contra tormentas— sufren golpes directos y estrés por contaminación y sobrepesca, reduciendo la resiliencia costera ante eventos extremos.
Tecnologías de doble filo: drones, ciberataques y energía
Las guerras contemporáneas suman aspectos nuevos. Drones armados disminuyen algunos movimientos terrestres, pero su despliegue masivo agrega una huella de producción y residuos electrónicos. Los ciberataques a redes eléctricas y plantas de tratamiento causan apagones y vertidos sin un solo disparo. La transición energética complica el tablero: parques solares o eólicos pueden ser objetivos, y su destrucción no solo apaga energía limpia sino que dispersa materiales valiosos —y potencialmente tóxicos— en el entorno.
Urbanismo roto: residuos, escombros y materiales peligrosos
Las ciudades bombardeadas se convierten en montañas de escombros mezclados con amianto, plomo, y otros contaminantes propios de edificios antiguos e infraestructuras industriales. La gestión de estos residuos es titánica: separar, inactivar y disponer sin contaminar suelos y aguas subterráneas exige recursos que son escasos en contextos de posguerra. A menudo, el escombro se usa para rellenos improvisados que liberan partículas nocivas con el tiempo. Los incendios de vertederos saturados y no controlados se vuelven frecuentes, añadiendo más emisiones tóxicas al aire urbano ya degradado.
Hacia una paz que incluya a la naturaleza
Las guerras, al desnudar la fragilidad de nuestros sistemas, dejan en claro una verdad incómoda: no hay seguridad humana sin seguridad ecológica. El agua limpia, los suelos fértiles, el aire respirable y los climas estables no son lujos de tiempos pacíficos, sino condiciones mínimas para reconstruir hogares, economías y confianza cívica. Obligar a la naturaleza a pagar los platos rotos prolonga la violencia por otras vías: hambre, enfermedades, desplazamientos, disputas por recursos.
Incorporar el ambiente al corazón de la prevención de conflictos y a los acuerdos de paz no es retórica verde, es pragmatismo. Es también un acto de memoria. Cada árbol plantado en un campo minado, cada escuela que vuelve a abrir con agua segura, cada hospital que se activa con medios suficientes, cada río que se libera de escombros es una forma de decir que la guerra no tiene la última palabra. La paz verdadera exige reparar lo que no se ve desde los titulares: las tramas vivas que sostienen, silenciosamente, la posibilidad de futuro.
Para finalizar, conviene tener en cuenta la cita del papa Francisco: "Es previsible que, ante el agotamiento de algunos recursos, se vaya creando un escenario favorable para nuevas guerras, disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones. La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en las armas nucleares y en las armas biológicas." (LS, 57)
Isabel Cuenca Anaya, Justicia y Paz Sevilla
[i] Parte de la radiación solar que se devuelve de la recibida


