Lo que la inmigración nos provoca

31.07.2026

La entrada de miles de personas a la ciudad autónoma de Ceuta los días finales del mes de julio de 2026 deja imágenes impactantes. Basta con mirar cualquier diario, encender la televisión o la radio o visitar las redes sociales para darse cuenta del efecto que las mismas pueden tener en una opinión pública polarizada que empieza a familiarizarse con términos como reconquista , remigración o invasión para referirse a la migración y en el que son cada vez más frecuentes las soflamas alarmistas en boca de líderes y lideresas políticas con pocos escrúpulos que criminalizan a las personas migrantes. La presente reflexión ni puede ni pretende entrar en espacios de la geopolítica ni en las causas estructurales de esta crisis de derechos

humanos, sí pretende ayudar a la ciudadanía y especialmente a la comunidad cristiana a reflexionar de manera lúcida sobre una situación excepcional que se ha presentado delante de sus ojos y que exige posicionarse. En este sentido lo que se hace en esta reflexión no es otra cosa que cumplir el mandato que el Concilio Vaticano II confiere a Justicia y Paz de interpretar la realidad en clave de derechos humanos y a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.

Los hechos 

Entre los días 29 y 31 de julio de 2026, más de cuarenta mil personas entraron en la ciudad autónoma de Ceuta que en la actualidad cuenta con 85.000 habitantes. Lo hicieron a nado o por los espigones de la ciudad en la zona oriental cercana a la ciudad marroquí de Castillejos. Entre estas personas se encuentran miles de jóvenes que manifiestan que en sus países de origen no hay futuro, también mamás con sus hijos. Otros no han logrado cruzar a España y han muerto en el camino. Por muy difícil que la situación sea en estos momentos en Ceuta, la recepción adecuada a estas personas, desde el respeto a su dignidad pasa por no criminalizarlos, por intentar empatizar con la precariedad y vulnerabilidad en la que viven en sus países de origen, por atender sus necesidades básicas y por garantizar que el procedimiento que les sea incoado, en cumplimiento con la normativa de extranjería y asilo, cumpla con las garantías necesarias. Esto es deber de las distintas administraciones públicas competentes y es también una obligación del Estado español que ha suscrito los principales textos internacionales de derechos humanos y muy especialmente con los niños, niñas y adolescentes. También la ciudadanía tiene el deber ético de hacerse consciente de esta situación, de lo que la ha provocado y de lo que pueden suponer sus acciones y omisiones. Entre otras razones porque a quien afecta es a otros seres humanos, Hay una responsabilidad pues, tanto como "espectadores" de noticias, como por ser ciudadanos y ciudadanas 

La responsabilidad como espectadores y como ciudadanos y ciudadanas 

La ciudadanía puede elegir entre consumir pasivamente las noticias que le van llegando y dejarse llevar por las emociones que éstas suscitan o intentar actuar desde la lucidez y la serenidad. Proponemos en esta reflexión una serie de claves que ayuden a posicionarse con cierta lucidez: 

1. Intentar conocer la veracidad de las informaciones que llegan 

Esto se hace buscando fuentes que realmente conozcan lo que está sucediendo y que lo puedan contar desde una perspectiva lo más completa y objetiva posible. No todas las fuentes son igualmente fiables. Las fuentes fiables provienen generalmente de instituciones y personas que conocen el contexto y que son especialistas en el tema. Aprender a identificarlas lleva un tiempo, pero permite tener referentes para formar una opinión. Finalmente es importante saber distinguir los hechos de la manipulación interesada que se hace de los mismos: Así, por ejemplo: vincular o "meter en el mismo saco" los hechos de Ceuta con el proceso de regularización que permitió acceder a la regularidad a casi un millón y medio de personas no es algo inocente,o no lo es atribuir a una sentencia del Tribunal Supremo la causa de llegada masiva de estas personas a Ceuta. En este contexto, también se trata de "buenistas" e "ilusos a quienes apuestan por políticas basadas en los derechos y en el diálogo.

2.  Afrontar el miedo y no dejar de mirar con ojos de humanidad a las personas que llegan

La migración se utiliza con frecuencia para generar miedo, especialmente entre las personas más vulnerables o desinformadas. Sin embargo, ese temor puede afrontarse desde el conocimiento, la reflexión y la curiosidad, evitando reaccionar con pánico ante las imágenes de llegadas numerosas a Ceuta. Es fundamental reconocer a cada persona migrante como un ser humano con dignidad y derechos inalienables. Detrás de cada llegada existen historias de desesperación, frustración y falta de oportunidades, muchas veces provocadas por causas estructurales en los países de origen, además del deseo legítimo de construir un futuro mejor. Frente a una Europa cada vez más alejada de los derechos humanos y marcada por actitudes racistas e insolidarias, debemos decidir conscientemente si actuamos desde el miedo o desde la humanidad. No cuestionar ese temor implica dejarnos arrastrar por él y reproducir sus consecuencias.

3.  Desmontar las narrativas del miedo y desenmarcarar a quienes propagan el miedo

El miedo tiene sus narrativas y quien lo propaga sabe muy bien dónde y cuándo resulta más efectivo. Aludir a la inseguridad ciudadana, a la competencia por el empleo, a las ayudas sociales, al derecho a la salud a la pérdida de la identidad, la soberanía y la cultura nacionales es ya un lugar común en los discursos xenófobos. Sin embargo existen suficientes datos que bien argumentados refutan estas narrativas. Conocerlos bien y contraargumentar aportando argumentos bien fundados es esencial. A menudo esto supone atreverse salir de zonas de confort y asumir que entraremos en cierto nivel de conflicto con familiares, amigos, vecinos que nos tildarán de utópicos, ilusos y buenistas. Sin embargo, es importante no permanecer en silencio para no legitimar dichos discursos con nuestras omisiones. Desenmascarar a quien propaga el miedo y busca obtener rentabilidad de este es ya un deber ciudadano.

Lo que nos sugiere la Doctrina Social de la Iglesia:

1. Intentar conocer la veracidad de las informaciones que llegan

La exigencia de discernimiento crítico, búsqueda de fuentes fiables y rechazo de la manipulación informativa encuentra un sólido fundamento en la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente en Inter Mirifica (n. 5), en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (nn. 414-416) y en Fratelli Tutti (nn. 198-203), donde se subraya que la comunicación debe estar al servicio de la verdad, del bien común y del diálogo social, evitando toda instrumentalización que fomente la polarización o el rechazo de los derechos fundamentales.

2. Afrontar el miedo y no dejar de mirar con ojos de humanidad a las personas que llegan

Los anteriores argumentos se fundamentan en la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente en Fratelli Tutti (nn. 37-41 y 129-141), en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (nn. 297-298) y en Pacem in Terris. Estos textos recuerdan que toda persona migrante posee una dignidad inviolable que no depende de su situación administrativa, nacionalidad o condición social, y que debe ser reconocida siempre como sujeto de derechos. Asimismo, invitan a superar los discursos basados en el miedo, los prejuicios y la exclusión, promoviendo una mirada capaz de reconocer las causas estructurales de las migraciones y las legítimas aspiraciones de quienes buscan condiciones de vida más dignas para sí y sus familias. Desde esta perspectiva, la convivencia social no puede construirse sobre el temor al otro, sino sobre la verdad, la solidaridad, el encuentro y el reconocimiento de una fraternidad humana universal .

3. Desmontar las narrativas del miedo y desenmarcarar a quienes propagan el miedo

Lo anterior se encuentra reflejado ampliamente en la Doctrina Social de la Iglesia y especialmente en Fratelli Tutti (nn. 15, 27, 37-41 y 199-203), en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (nn. 189-191 y 414-416) y en Inter Mirifica (n. 5). Estos textos advierten sobre el peligro de las narrativas que instrumentalizan el miedo, alimentan prejuicios y erosionan la convivencia social, al tiempo que subrayan la necesidad de construir el debate público sobre la verdad, el discernimiento crítico y el respeto a la dignidad de toda persona. Asimismo, recuerdan que la participación responsable de la ciudadanía en la vida pública exige contrastar la información, desmontar los discursos basados en la exclusión y promover una cultura de encuentro y fraternidad. Desde esta perspectiva, no permanecer en silencio ante mensajes que fomentan la xenofobia o la estigmatización de determinados colectivos constituye una expresión del compromiso con el bien común, la justicia social y la defensa de la dignidad humana que la Doctrina Social de la Iglesia propone a todos los ciudadanos.

A modo de conclusión: la comunidad como antídoto al racismo. 

Para concluir es necesario afirmar que la mejor manera de contrarrestar el racismo es el encuentro con el otro y la otra. Es en el seno de la comunidad y no en el individualismo y el aislamiento donde este encuentro se produce de una manera más privilegiada. La comunidad cristiana como espacio de fraternidad y sororidad de los y las creyentes en Jesús de Nazaret debería ser un espacio donde no tuviera lugar el racismo y la exclusión social.

Comisión General de Justicia y Paz con la colaboración de JP Madrid