Lo que nos encontramos después de apagar un fuego

29.07.2026

El sonido de las sirenas se apaga, el humo blanco sustituye al frente de llamas de diez metros de altura y los medios de extinción regresan a sus bases. Cuando los medios de comunicación desplazan sus cámaras a la siguiente noticia, en el terreno empieza el verdadero balance: el que no se mide únicamente en hectáreas arrasadas o en miles de euros gastados en la extinción, sino en vidas alteradas para siempre y ecosistemas heridos de muerte.

En los últimos años España ha entrado en la era de los llamados incendios de sexta generación: fuegos tan virulentos y rápidos que escapan a la capacidad humana de extinción, capaces de alterar el propio microclima de la zona y de avanzar con una violencia inusitada impulsados por el abandono rural, las olas de calor extremas, la ausencia de ganado extensivo, la no limpieza de bosques, el cambio climático… Todo esto acarrea una serie de consecuencias:

1. El coste humano: el dolor invisible que no se apaga

El impacto en las personas no es solo la trágica pérdida de vidas humanas. El coste humano deja una huella profunda en la estructura social de la España rural.

  • Desplazamiento y desarraigo: miles de personas sufren evacuaciones de emergencia cada verano. Abandonar un hogar con lo puesto, sin saber si al volver quedarán las paredes en pie o solo cenizas, genera un trauma psicológico prolongado.
  • Destrucción de modos de vida: para los habitantes del medio rural, la pérdida del entorno no es solo estética. El fuego arrasa pastos, cultivos, colmenas, naves agrícolas, maquinaria, masa forestal explotable y otros negocios. Un incendio puede arruinar el trabajo de tres generaciones en cuestión de tres horas, acelerando el fantasma de la despoblación.
  • Efectos en la salud física y mental: el humo afecta a poblaciones situadas incluso a cientos de kilómetros, incrementando urgencias respiratorias y cardiovasculares. A esto se suma el "estrés postraumático del fuego" y la angustia profunda que produce ver destruido el entorno natural que forma parte de la identidad de una persona.

2. El coste medioambiental: un golpe al corazón de la biodiversidad

Desde el punto de vista ecológico, un gran incendio forestal no es una simple quema de vegetación; es la interrupción drástica de procesos biológicos que tardarán muchos años en recuperarse.

Erosión y desertificación: Las altas temperaturas esterilizan la capa fértil del suelo, destruyendo la materia orgánica y los microorganismos que son imprescindibles. Con las primeras lluvias de otoño, la ausencia de cubierta vegetal provoca escorrentías masivas que arrastran la tierra fértil hacia los ríos, dejando tras de sí roca desnuda y acelerando la desertificación.

  • Contaminación de recursos hídricos: Las cenizas y sedimentos tóxicos arrastrados por las lluvias llegan a los embalses y cauces fluviales, comprometiendo el suministro de agua potable para municipios enteros y destruyendo la vida piscícola.
  • Pérdida de fauna y flora endémica: Muchas especies emblemáticas y amenazadas —desde el lince ibérico hasta rapaces, anfibios y reptiles— pierden sus cazaderos y zonas de nidificación. Los animales que logran huir del fuego a menudo no sobreviven a la falta de alimento o al estrés del desplazamiento a territorios ya ocupados.
  • El bucle del cambio climático: Los incendios liberan de golpe toneladas de dióxido de carbono que los bosques habían tardado décadas en almacenar, retroalimentando el calentamiento global y creando las condiciones ideales para que el año siguiente el fuego sea aún más voraz.

Ante este panorama ¿qué hacer?

Conviene no resignarse y no normalizar los incendios que cada año asolan el país atribuyéndolos al cambio climático como si fuera un agente externo con el que la ciudadanía no tiene nada que ver, y ello porque el cambio climático está determinado por decisiones cotidianas y estratégicas, tomadas a distintos niveles por distintos actores: habitantes de la zona, políticos, empresas, medios de comunicación. De estas decisiones todos y todas somos corresponsables en mayor o menor medida.

Es, por tanto, necesario generalizar una conciencia medioambiental que no es otra cosa que una conciencia de derechos humanos porque el derecho a la mejora del medio ambiente lo es. Ello implica cuatro deberes importantes: el deber de informarse, el deber de sensibilizar, el deber de actuar y el deber de denunciar.

El deber de informarse.

Existen una serie de documentos que son referentes para informarse y que pueden ayudarnos en este sentido.

La "Carta de la tierra" que declara en su Preámbulo el deber sagrado de la protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la tierra. Un poco más adelante, habla de proteger y restaurar la integridad de los sistemas ecológicos de la tierra, con especial preocupación por la diversidad biológica y los procesos naturales que sustentan la vida.

Para atender estos deberes de protección, restauración y desarrollo del medio ambiente es más que conveniente hacerlo desde la construcción de una Cultura de Paz , entendida como un "conjunto de valores, actitudes, tradiciones y comportamientos y estilos de vida" basados en los esfuerzos para satisfacer las necesidades de desarrollo y protección del medio ambiente de las generaciones presente y futuras  (Declaración y Programa de acción para una cultura de paz),

El deber de sensibilizar

Es este un deber que no puede desvincularse de los demás: información, sensibilización, acción y denuncia se retroalimentan.

Sensibilizarnos y sensibilizar a otros y otras desde el desarrollo de la capacidad de admiración y disfrute de lo bello que existe en la naturaleza, de lo necesario que es el cuidado de los ecosistemas de una manera sostenible, de las relaciones que se generan y que se vienen manteniendo desde tiempo inmemorial. Sensibilizarse y sensibilizar del riesgo que corre la naturaleza si no la cuidamos. Desarrollar una espiritualidad ecológica

Aquí tenemos que volver a recordar la lectura y puesta en práctica de la encíclica Laudato Sí que nos da unas claves muy pertinentes para el cultivo de esa espiritualidad.

El deber de actuar

La sensibilidad con las personas, con la naturaleza, con un modelo sostenible conlleva necesariamente acciones y omisiones. En la cultura de las Naciones Unidas el actuar se resume en los verbos promover, proteger y no obstaculizar. En el caso que nos ocupa se trataría de alentar todos aquellos hábitos y prácticas que contribuyan al cuidado del medio ambiente y el desarrollo sostenible. Para ello es imprescindible que la política y la ciencia dialoguen escuchando también a la población local.

En este sentido se han dado pasos importantes. Así en el plano legislativo con medidas pioneras como aquella que dotó al Mar Menor y a su cuenca de personalidad jurídica o en el capítulo séptimo de la Constitución Política de la República de Ecuador en que se establece que la naturaleza es sujeto de derechos.

El deber de denunciar

Quizá este es el deber más difícil porque supone posicionarse ante actitudes, opiniones y prácticas poco respetuosas con la naturaleza y con la ciudadanía y que en no pocas ocasiones puede suponer un conflicto. Sin embargo, la asunción del conflicto forma parte inexorable de nuestra realidad como ciudadanos y ciudadanas y cristianos y cristianas. En este sentido conviene reivindicar a la gran cantidad de personas que han pagado con su vida la defensa de la naturaleza y de la dignidad de las personas y comunidades frente a intereses poco confesables. La encíclica "Laudato Si" anima a posicionarse en este sentido.

Para acabar conviene hacernos las preguntas del número 160 de la encíclica LS:

¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra? Por eso, ya no basta decir que debemos preocuparnos por las futuras generaciones. Se requiere advertir que lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra.

Isabel Cuenca Anaya (Justicia y Paz Sevilla) 

Emilio J. Gómez Ciriano  (Presidente de la CG Justicia y Paz de España)



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