Los desafíos del viaje del papa León a Argelia
- El papa León viajará a Argelia del 13 al 15 de abril, primera etapa de un viaje que lo llevará a cuatro países africanos. Anunciado en el avión de regreso del Líbano el pasado 2 de diciembre, este viaje al inicio de su pontificado a un país donde la presencia cristiana es muy minoritaria está cargado de significado. El antiguo superior general de los Agustinos desea volver a ver el santuario de Hipona, la actual Annaba, donde ya estuvo en el pasado, pero también ha dicho claramente que le gustaría aprovechar esta peregrinación para «proseguir el diálogo y la construcción de puentes entre el mundo cristiano y el mundo musulmán. Es interesante señalar que la figura de san Agustín ayuda mucho en ello, porque nació en Argelia y es muy respetado como hijo del país». Varios elementos hacen que este viaje sea particularmente importante.
La Iglesia de Argelia celebra este año el 30º aniversario de la muerte de diecinueve personas, víctimas de una violencia ciega entre 1994 y 1996, junto con decenas de miles de argelinos musulmanes, vinculados a un islam abierto y fraterno. Visitar hoy esta Iglesia de apenas unos miles de fieles es una manera de animarla a seguir su camino de fraternidad, movida por el deseo de «dar testimonio» más que de «hacer número». Las líneas de fractura que atraviesan el Mediterráneo de forma cada vez más dramática exigen de los discípulos de Jesús un coraje y un desinterés que este papa sonriente y matizado sabrá alentar. Estas fracturas afectan, por supuesto, a la relación Oriente-Occidente, islam y cristianismo, pero adquieren una dimensión especialmente dolorosa cuando se trata de la cuestión migratoria. El papa Francisco se había alzado en varias ocasiones, de Lampedusa a Marsella, contra la indiferencia de un Occidente acomodado e insensible al sufrimiento de los pueblos, y que deja que el Mediterráneo se convierta en un cementerio. El anunciado viaje del papa León a Lampedusa manifiesta que este pontificado seguirá dando voz a esta dramática cuestión e impulsando a los pueblos del Norte a una mayor solidaridad.
La visita del papa a Argelia debería suponer para la Iglesia local un aliento para seguir apostando, como ha repetido a menudo el cardenal Jean-Paul Vesco, por una relación fraterna, sin proselitismo, con su entorno musulmán, en la convicción de que todo creyente puede enriquecer su búsqueda de Dios en contacto con otros creyentes que adoran también «al Dios único, vivo y subsistente, misericordioso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres» (Nostra aetate, 3). En un momento en que el proselitismo cristiano reaparece aquí y allá, a veces de manera bastante agresiva, confirmar esta opción de dar testimonio de Cristo en el respeto absoluto al camino del otro creyente constituye un verdadero desafío, sobre el cual los teólogos todavía tienen mucho que trabajar. El célebre «no poseo la verdad y necesito la verdad de los demás» de Pierre Claverie sigue siendo una tarea teológica que profundizar.
Acudir a Argel es también una manera de respaldar la dinámica eclesial impulsada por el cardenal Jean-Marc Aveline y sus equipos de Marsella, que acaban de poner en marcha una nueva etapa: después de MED 23 y de la invitación a Marsella de 70 jóvenes cristianos y musulmanes y 70 obispos de las cinco orillas del Mediterráneo; después de MED 25 y del alegre embarque de 200 jóvenes cristianos y musulmanes en «un barco-escuela para la paz», el Bel Espoir, Marsella acaba de lanzar una Coordinación eclesial del Mediterráneo para animar a las Iglesias a «cuidar la creación, cuidarse unos a otros y promover la paz», según las palabras del papa León del 17 de octubre de 2025. Están previstos encuentros internacionales en 2026 en Barcelona y en el Líbano; la red de teólogos RT-Med continúa su trabajo, y deben surgir diversas iniciativas para acercar unas orillas que el egoísmo, el miedo y la pobreza separan cada vez más, cuando no puede haber una paz duradera si no es en un futuro compartido.
Para los católicos de Francia, este viaje pontificio podría ser, por fin, una invitación a emprender un trabajo de sanación de la memoria que, entre Francia y Argelia, sigue estando marcado por una extrema dificultad para poner palabras a la herida que la colonización representó para los argelinos, por no hablar de lo que se impuso a una juventud que nunca llegó a recuperarse realmente de haber sido implicada en una guerra cuyos desafíos la sobrepasaban. En definitiva, por muchas razones, la visita del papa León a Argelia es una feliz iniciativa de la que cabe esperar hermosos frutos.
Jean Jacques Pérennès, OP – Justicia y Paz Francia


