Magnifica humanitas

01.06.2026

Hace unos días fue publicada la carta encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, sobre la salvaguarda de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.

Las repercusiones de la inteligencia artificial, asociadas a la revolución digital y a la robótica, ya han sido consideradas la gran cuestión de alcance histórico a la que se enfrentan las sociedades actuales. Son repercusiones que abarcan ámbitos sociales, económicos, culturales, éticos e incluso antropológicos (está en juego la propia definición de lo que significa ser humano).

Consciente de esta relevancia, el Papa analiza estas repercusiones a la luz de los fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia, afirmando que esta se basa en verdades reveladas que se profundizan y renuevan en respuesta a los desafíos de las distintas épocas y en diálogo con las diversas culturas y saberes (n. 38). Para el papa León XIV, es evidente que el enfrentamiento con la realidad no disminuye la fuerza del Evangelio: «al contrario, permite identificar con mayor lucidez lo que promueve verdaderamente la vida de las personas y de las comunidades» (n. 23).

Dos imágenes bíblicas recorren el texto invitando a reflexionar sobre qué actitud adoptar para discernir cómo vivir responsablemente la era de la inteligencia artificial: la construcción de la Torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9), donde en nombre de la ambición de unos pocos se pretende desarrollar una autosuficiencia a costa de la dignidad de las personas; y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén (cf. Ne 2-6), donde Nehemías convoca e implica a todos para reconstruir conjuntamente las murallas y la ciudad. En el fondo, la elección no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén (n. 7-10).

Sin pretender agotar el rico contenido de esta encíclica —que llama a invertir en la educación, a cuidar las relaciones humanas y a promover una civilización del amor basada en la justicia y la paz—, la Comisión Nacional Justicia y Paz desea destacar las siguientes ideas, organizándolas en tres partes: la reflexión sobre los nuevos desarrollos tecnológicos a la luz de la doctrina social de la Iglesia; la reflexión sobre la naturaleza humana y su capacidad de no resignarse a un destino cerrado; y algunos desafíos concretos planteados por esta carta encíclica.

1. Los nuevos desarrollos tecnológicos a la luz de la doctrina social de la Iglesia

  • Los principios de la doctrina social de la Iglesia —la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad— mantienen toda su actualidad y deben ser la clave para una reflexión profunda sobre las nuevas tecnologías y su impacto, pues solo ellos garantizan la construcción de una sociedad más humana y fraterna (n. 91).
  • A la luz de la dignidad humana, el papa León XIV advierte que no deben subestimarse las formas más sutiles de dependencia ligadas a la economía digital de la atención, en la que plataformas y servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando su libertad interior (n. 170).
  • Señala también que, en el contexto digital, el control de las plataformas, infraestructuras, datos y capacidad de computación, sin mecanismos adecuados de reparto, crea un desequilibrio contrario al destino universal de los bienes y amplía la brecha entre incluidos y excluidos (n. 67).
  • El respeto al principio de subsidiariedad exige que las nuevas tecnologías no se concentren en pocas manos, sino que se orienten al bien común, de forma transparente y mediante formas concretas de participación (n. 95).
  • El entorno creado por las tecnologías digitales debe medirse también con el criterio de la justicia social: «Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso equitativo a las oportunidades, protege a los más pequeños y vulnerables, combate el odio y la desinformación» y contribuye a «la dignidad de cada persona y al bienestar de los pueblos» (n. 80).
  • El trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana. La automatización, la robótica y la IA están transformando rápidamente su estructura. El trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino también un espacio de expresión personal, relaciones y contribución a la comunidad. Una sociedad que garantizara empleo únicamente a una pequeña parte de la población condenaría a muchos a una situación de inactividad forzada y empobrecimiento humano y cultural (n. 152).
  • En el mundo de la IA nada es inmaterial ni mágico. Cada respuesta aparentemente inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, recursos naturales, infraestructuras energéticas y, sobre todo, personas. Gran parte de la economía digital se sostiene sobre el trabajo silencioso de millones de seres humanos en condiciones precarias y, a veces, cercanas a la esclavitud (n. 173).
  • Los actuales sistemas de IA deben evaluarse también a la luz del cuidado de la Casa Común. Muchos requieren enormes cantidades de energía y agua, generan importantes emisiones de dióxido de carbono y consumen recursos de forma intensiva. Por ello, es esencial desarrollar soluciones tecnológicas más sostenibles (n. 101).
  • La ecología integral es decisiva para valorar la calidad del desarrollo moderno: este debe medirse por su capacidad de unir a las personas, promover la justicia, favorecer condiciones de vida dignas, garantizar el acceso a bienes esenciales, fomentar relaciones sociales justas, cuidar la creación y atender a las generaciones futuras (n. 84).

2. La naturaleza humana y su capacidad de no conformarse con un destino cerrado

  • No debe caerse en la tentación de equiparar la IA con la inteligencia humana. Los sistemas de IA superan a los seres humanos en velocidad y amplitud de cálculo, pero no viven experiencias, no poseen cuerpo, no conocen la alegría ni el sufrimiento, no maduran en las relaciones ni comprenden internamente el amor, la amistad, el trabajo o la responsabilidad. Tampoco poseen conciencia moral (n. 99).
  • La facilidad con que hoy se obtienen orientaciones, contenidos y asistencia puede acostumbrarnos a delegar excesivamente y a buscar respuestas prefabricadas, debilitando nuestro juicio y creatividad (n. 100).
  • La imitación de la comunicación humana puede inducir a error y crear la ilusión de una relación auténtica con un sujeto personal, con el riesgo de perder el deseo de buscar verdaderamente al otro (n. 100).
  • Decisiones delicadas relacionadas con el empleo, el crédito, el acceso a servicios o la reputación de las personas corren el riesgo de ser confiadas totalmente a sistemas automatizados incapaces de compasión, misericordia o esperanza de cambio, generando nuevas formas de marginación (n. 102).
  • Las plataformas digitales y la IA están acelerando transformaciones profundas en la comunicación pública y política. Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir relatos distorsionados y diluir la diferencia entre verdad y falsedad (n. 132).
  • Son especialmente relevantes las repercusiones de la IA en el ámbito de la guerra. El problema no es solo la eficiencia de los nuevos instrumentos, sino el riesgo de que la técnica, separada de la ética y de la responsabilidad, haga más rápida, impersonal y aparentemente limpia la decisión sobre la vida y la muerte (nn. 182-183).
  • Ante las dinámicas mundiales de polarización y violencia, es necesario reafirmar que la teoría de la «guerra justa» ha sido superada, manteniéndose únicamente el derecho a la legítima defensa entendido en sentido muy estricto (n. 192).
  • El juicio moral no puede reducirse a un cálculo. Por ello, no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o irreversibles. La IA no elimina la deshumanización de la guerra; simplemente la hace más rápida e impersonal (n. 198).
  • La perspectiva cristiana no se limita a denunciar el mal. Contempla la historia como un espacio abierto a la conversión personal y colectiva, iluminado por la esperanza del Reino de Dios (n. 210).
  • No todo lo que aparece como límite —enfermedad, vejez, sufrimiento o vulnerabilidad— debe considerarse un defecto a corregir tecnológicamente. Muchas veces el ser humano madura precisamente a través de esos límites (n. 118).
  • Frente a modelos económicos que capitalizan la atención y el tiempo, es indispensable una alianza entre la política, las instituciones educativas y las familias para apoyar a los adultos en su tarea educativa (n. 142).
  • Aunque los problemas parezcan demasiado grandes, cada persona posee un ámbito de acción propio donde puede elegir entre alimentar la lógica de la fuerza o la lógica de la paz. La civilización del amor nace de pequeñas y perseverantes fidelidades que frenan la deshumanización (n. 212).
  • León XIV propone cinco líneas de responsabilidad cotidiana y pública para construir la civilización del amor: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y revitalizar el diálogo y el multilateralismo (nn. 214-227).
  • Podemos vivir este cambio de época a la luz del Evangelio (n. 229).
  • Frente a las ideologías que impulsan al ser humano a superar técnicamente todos sus límites para dominar a los demás, el misterio de Cristo muestra un camino contrario: Dios desciende a nuestra fragilidad para liberarnos y transformarla en lugar de salvación. Lo que salva al ser humano es el amor divino que se acerca a su vulnerabilidad y la regenera desde dentro (n. 232).

3. Cuatro desafíos concretos

La encíclica concluye con cuatro desafíos concretos:

  1. Permanecer fieles a la verdad, sin perder de vista la magnífica humanidad que habita en cada persona (n. 237).
  2. Invertir en una educación que comience por nosotros mismos, para vivir el mundo digital de forma humana y evangélica (n. 238).
  3. Cuidar las relaciones, recordando que el ser humano sigue necesitando manos capaces de ternura, mentes atentas y palabras bondadosas (n. 239).
  4. Amar la justicia y la paz, para que cada elección técnica sea también una ocasión de discernimiento espiritual y de construcción de un mundo más humano (n. 240).

Estas reflexiones y propuestas del papa León XIV han sido bien acogidas en diversos ámbitos, que destacan tanto su oportunidad como su carácter pionero en el contexto mundial actual. Constituyen un servicio que la Iglesia desea prestar a la humanidad.

La Comisión Nacional Justicia y Paz, al difundir esta encíclica, desea igualmente prestar un servicio a la sociedad portuguesa, consciente de su responsabilidad de vivir fielmente aquello que propone.

Comisión Nacional de Justicia y Paz Portugal