Municiones en racimo: cuando la guerra sigue matando después de la guerra
Hay armas cuyos efectos no terminan cuando cesan los bombardeos. Permanecen en los campos, junto a las carreteras, en pueblos abandonados o cerca de viviendas y escuelas. Años después de un conflicto, pueden seguir matando.
Esa es una de las realidades más duras que vuelve a poner de manifiesto el Cluster Munition Monitor 2026. El informe registra al menos 1.063 personas muertas o heridas por municiones en racimo durante 2025 y confirma, una vez más, que la población civil continúa pagando el precio más alto. Se acaba de publicar debido a la proximidad de la Tercera Conferencia de Revisión de la Convención sobre Municiones en Racimo, que se celebrará del 14 al 18 de septiembre de 2026 en Vientiane, Laos.
Armas con efectos indiscriminados y duraderos
Las municiones en racimo están diseñadas para dispersar múltiples submuniciones sobre una superficie amplia. Parte de esas submuniciones puede no explotar en el momento del impacto y permanecer activa durante años o décadas.
Un terreno agrícola puede dejar de ser cultivable. Una carretera puede convertirse en una amenaza. El regreso de las familias desplazadas puede retrasarse durante años. Un niño o una niña puede encontrar un artefacto explosivo sin comprender el peligro que representa.
Por eso, hablar de municiones en racimo no es hablar únicamente de armamento. Es hablar de protección de civiles, derechos humanos, desarrollo y dignidad.
El Cluster Munition Monitor 2026 registró víctimas en Afganistán, Camboya, Irak, Laos, Líbano, Myanmar, Rusia, Siria y Ucrania e identificó 29 países y territorios contaminados por restos de municiones en racimo. En muchos casos, esa contaminación condiciona la reconstrucción económica y social durante generaciones.
El 87 % de las víctimas identificadas fueron civiles
El dato más elocuente del informe es también el más difícil de ignorar: cuando se pudo determinar la condición de las víctimas, casi nueve de cada diez eran civiles. Esto revela la profunda incompatibilidad entre el uso de estas armas y una protección efectiva de la población civil.
Los daños no desaparecen cuando termina una ofensiva. Las municiones que quedan sin explotar pueden seguir causando víctimas mucho después de la firma de un alto el fuego o del fin formal de una guerra.
Este impacto debe ocupar un lugar central en cualquier debate sobre seguridad. La protección de la vida humana no puede ser una consideración secundaria frente a criterios de eficacia militar.
La Convención sobre Municiones en Racimo, un compromiso que debe reforzarse
La respuesta de la comunidad internacional a esta realidad fue la Convención sobre Municiones en Racimo, en vigor desde 2010. El Tratado prohíbe el uso, producción, transferencia y almacenamiento de estas armas y obliga a los 112 Estados Parte a destruir sus arsenales, limpiar las zonas contaminadas y atender a las víctimas.
La Convención representa uno de los avances más importantes del desarme humanitario contemporáneo porque parte de un principio esencial: existen armas cuyo impacto sobre la población civil resulta inaceptable, incluso dentro de la lógica de un conflicto armado.
Sin embargo, el contexto actual genera motivos de preocupación. El Cluster Munition Monitor 2026 documenta nuevos usos de municiones en racimo por potencias no firmantes como Rusia, Estados Unidos, China e Irán en conflictos recientes.
La retirada de Lituania de la Convención en 2025, la primera desde la creación del tratado, supone además un precedente que no debe minimizarse.El debilitamiento de estas normas no es un asunto técnico. Afecta directamente a la arquitectura jurídica y ética construida para limitar el sufrimiento en la guerra.
La paz no empieza cuando callan las armas
La paz va más allá del final de las hostilidades. Exige justicia, protección y condiciones de vida dignas. Por eso, los datos del Cluster Munition Monitor 2026 deben traducirse en decisiones políticas.
Es necesario avanzar hacia la universalización de la Convención sobre Municiones en Racimo, condenar cualquier uso de estas armas, reforzar los mecanismos de rendición de cuentas y garantizar financiación estable para la limpieza de territorios y la atención a las víctimas.
En un momento marcado por el rearme, la multiplicación de conflictos y una creciente lógica de confrontación internacional, defender los límites humanitarios de la guerra puede resultar más difícil, pero también es más necesario.
La seguridad no puede construirse debilitando las normas que protegen a la población civil.
Cuando una guerra sigue matando años después de haber terminado, la tarea de construir la paz sigue pendiente.
Es necesario reafirmar nuestro compromiso con una seguridad basada en la dignidad humana, el derecho internacional, el desarme y la protección efectiva de todas las personas afectadas por los conflictos. Una paz verdadera exige proteger la vida, reparar el daño y garantizar que las comunidades puedan recuperar su futuro.
Montse Serrano, secretaría técnica CGJP

