La noviolencia: una aportación a la sociedad desde las religiones
La intervención gira en torno a la idea de que la noviolencia constituye una aportación decisiva de las religiones a la sociedad y, en particular, una propuesta central del cristianismo. La presentación de José Ramón Peláez subraya su trayectoria en Doctrina social de la Iglesia, su trabajo pastoral y académico, y su libro Poner la otra mejilla. La noviolencia en el cristianismo, que sirve de base para la ponencia.
El ponente sitúa su reflexión en el marco de las jornadas sobre noviolencia y explica que su objetivo es profundizar en la "raíz" religiosa y moral de muchas prácticas noviolentas actuales. Frente a un mundo que parece dominado por guerras, violencia y discursos de confrontación, plantea que en el corazón de las religiones existen experiencias fundamentales —amor a la verdad, amor al prójimo y esperanza en un mundo mejor— que alimentan caminos de paz.
Recuerda varios hitos del diálogo interreligioso por la paz. Destaca el encuentro de Asís convocado por san Juan Pablo II en 1986, donde representantes de distintas religiones rezaron juntos por la paz, y el encuentro de 2016, en el que el papa Francisco afirmó que "solo la paz es santa". También subraya el Documento sobre la Fraternidad Humana, firmado en Abu Dabi en 2019 por el papa Francisco y el gran imán de Al-Azhar, que afirma que las religiones no incitan a la guerra ni justifican odio, extremismo o derramamiento de sangre. Según el ponente, cuando la religión se usa para legitimar violencia o terrorismo, lo que hay no es fidelidad religiosa, sino manipulación política y perversión de sus enseñanzas.
A continuación, define la noviolencia. Insiste en que no es pasividad ni resignación ante la injusticia, sino una forma activa de militancia frente a un mundo atravesado por violencia institucionalizada y estructuras injustas. La noviolencia busca afrontar esa realidad únicamente con medios pacíficos, incluso aceptando el sufrimiento propio como forma de interpelar la conciencia de quien oprime y abrir un cambio en esa persona. Sitúa aquí la influencia de Gandhi, cuyas claves son la verdad, el amor, la integridad moral y la exigencia de que los medios anticipen ya los fines. No vale, por tanto, la idea de que "el fin justifica los medios": una sociedad justa no puede construirse con mentira, abuso, manipulación o violencia, porque entonces quienes la dirijan reproducirán esas mismas lógicas.
El ponente explica que la noviolencia moderna va más allá de la bondad individual: supone la convicción de que es posible transformar colectivamente la historia. Los grandes movimientos noviolentos del siglo XX muestran que las víctimas pueden organizarse por sí mismas y cambiar situaciones sociales injustas. Para ello fue necesaria una maduración histórica previa: la revolución industrial, la revolución política y la experiencia del movimiento obrero hicieron comprender que la sociedad y sus instituciones no son realidades inmutables, sino construcciones humanas que pueden cambiarse. El movimiento obrero resulta especialmente importante porque demuestra que las personas oprimidas pueden asociarse, solidarizarse y conquistar derechos desde abajo.
En una segunda parte, aborda la idea de que la noviolencia es una forma superior de cultura. Entiende la cultura como cosmovisión colectiva y, en sentido personal, como cultivo humano. En ambos sentidos, la noviolencia representa un crecimiento: propone una nueva civilización —que en lenguaje cristiano puede llamarse Reino de Dios, civilización del amor o cultura del encuentro— y también una nueva persona, transformada interiormente. Por eso une dos dimensiones inseparables: revolución y conversión. No basta con el cambio interior sin transformación de las estructuras, ni con la transformación política sin renovación moral de las personas.
Retoma aquí una intuición de Gandhi: ante la injusticia, la peor actitud es la pasividad. La violencia es un paso respecto a ella porque al menos implica compromiso, pero la noviolencia es superior, porque se enfrenta al mal sin reproducirlo y busca incluso la liberación de quien oprime. En este punto entra en el núcleo evangélico de su exposición: la superación de la ley del talión. Explica que la ley del "ojo por ojo y diente por diente" supuso un avance respecto a la venganza sin límites, porque introdujo proporcionalidad y autoridad legal. Sin embargo, Jesús da un paso más en el sermón de la montaña: "No resistáis al mal con el mal". Los ejemplos de poner la otra mejilla, dar también la túnica o acompañar dos millas al soldado muestran, según el ponente, verdaderas acciones noviolentas que desenmascaran la injusticia y rompen su lógica.
Esta propuesta no queda solo en el Evangelio, sino que san Pablo la desarrolla en la carta a los Romanos con la idea de "vencer al mal con el bien". La noviolencia no es solo una ética humana: es la manera en que Dios trata a la humanidad en Cristo. Siendo los seres humanos pecadores, Cristo entrega su vida por ellos. Dios no responde al mal destruyendo al culpable, sino abriendo un camino de reconciliación. Desde ahí, la vida cristiana consiste en tratar a las demás personas como Dios nos ha tratado: dar de comer al enemigo, no devolver mal por mal, vencer el mal con el bien.
En el coloquio posterior se plantean preguntas sobre la violencia ejercida a distancia, especialmente la militar, y sobre si esa distancia impide que el victimario cambie. El ponente responde que, aunque no haya contacto directo, quien mata queda herido en su conciencia. La experiencia del combate deja huellas morales y psicológicas profundas. También se insiste en que el cristianismo no puede seguir justificando la violencia como opción legítima si la noviolencia ha demostrado su fuerza histórica.
En la parte final se subraya que la sociedad actual vive una tensión entre avances hacia una cultura más humana y recaídas en formas instintivas de odio, cancelación, linchamiento mediático y eliminación del adversario. Pero, al mismo tiempo, se destaca un motivo de esperanza: hoy se ve con mayor claridad el fracaso de la guerra, su ineficacia política y moral, y se acumulan experiencias históricas y actuales que muestran la mayor eficacia de los movimientos noviolentos. Se recuerda, en ese sentido, la afirmación de Juan Pablo II de que nunca más puede decirse que la violencia sea una opción cristiana. La conclusión es que está amaneciendo una forma superior de cultura, la cultura de la noviolencia, y que esta exige compromiso personal, militancia y entrega.
Secretaría técnica Comisión General Justicia y Paz


