Antiguo Testamento y noviolencia: el conflicto que conduce a la paz

22.01.2026

La aparente contradicción entre un Antiguo Testamento criticado de violento y un Nuevo Testamento evidenciando la noviolencia de Jesús es, como afirmamos, aparente. Existen pasajes violentos en el Antiguo Testamento, y sobre todo una verborrea violenta, pero cuando se profundiza en el fondo de su mensaje es claramente relacionable con el Dios compasivo, pacífico y noviolento de Jesús. ¿Cómo entenderlo? Principalmente, realizando una lectura crítica y nunca literal de los textos sagrados. Conviene comprender que muchas violencias atribuidas a Dios reflejan la cultura y mentalidad de una época, pero no el verdadero rostro de Dios. Y, en este sentido, la Biblia es un testimonio de fe que comunica una verdad teológica, pero no necesariamente una crónica histórica exacta.

En el artículo anterior expusimos las aportaciones del jesuita Joan Morera, quien afirma que a lo largo de la Escritura aparecen patrones no violentos de salvación: por un lado, Dios intenta recuperar al agresor sin destruirlo; por otro lado, la salvación suele venir desde abajo, desde los pobres, débiles y marginados (los anawim); y, finalmente, la violencia es incompatible con la noviolencia: no pueden mezclarse sin destruirse mutuamente, por lo que no pueden formar parte del mismo cuerpo bíblico, sino de interpretaciones que es preciso realizar correctamente.

Norbert Lohfink tiene investigaciones sobre el pacifismos cristiano y la violencia del Antiguo Testamento, y sus reflexiones son muy interesantes, de modo que nos inspiraremos en algunas de ellas para dar luz a la aparente contradicción de la violencia del Antiguo Testamento y la noviolencia del Nuevo Testamento.

En el Antiguo Testamento pueden observarse tres aspectos a tener en cuenta en relación a la violencia En primer lugar, participación en la violencia; en segundo lugar, el desenmascaramiento de la violencia; y en tercer lugar, el anuncio de la noviolencia. De hecho, Israel empezó por ser una alternativa al colonialismo de Egipto y al orden cívico feudal de los cananeos, de modo que para mantener estos valores, los primitivos israelitas fueron más bien combativos; y así era (o creían comprender que era) también su Dios; lo que estaría claro es que Dios quería que fueran combativos interiormente.

En un segundo momento, intentaron conservar aquellos antiguos valores dentro de un nuevo sistema que era el Estado, y el rey David fue el protagonista e iniciador de este movimiento. No obstante, la experiencia fracasó porque un sistema estatal no será nunca compatible con el reino de Dios.

En tercer lugar, tras el destierro, Israel intentó una tercera forma de sociedad alternativa: una subsociedad sagrada relativamente autónoma bajo el dominio de los grandes imperios. Este proyecto también fracasó, en parte porque el modelo del Templo-Estado de Jerusalén retomó rasgos de antiguas sociedades religiosas marcadas por una violencia oculta. Sin embargo, precisamente a través del sufrimiento del exilio y la diáspora, surgió en los profetas una visión utópica de una sociedad futura noviolenta.

Aunque el Antiguo Testamento contiene ese sueño de una convivencia sin violencia, nunca rechaza la violencia de manera definitiva ni estructural. Lohfink explica que esto se debe a que el las Escrituras del Antiguo refleja la condición humana en su totalidad: actúa como un espejo en el que aparecen todas las violencias del mundo. Al mismo tiempo, realiza un proceso de desenmascaramiento de la violencia escondida, por lo que abunda la sangre y el conflicto en sus relatos: se derrumban los mecanismos de ocultamiento y represión, y salen a la luz los misterios dolorosos presentes desde la creación. Este desenmascaramiento constituye el primer paso hacia una transformación profunda de las estructuras sociales, no una defensa de los métodos violentos.

En los profetas y los salmos se denuncia el sacrificio ritual cuando está manchado por la injusticia y la sangre. A partir de ahí se anuncia un futuro mesiánico sin violencia. Este proceso evoluciona desde la búsqueda de la no rivalidad dentro de Israel, al amor al prójimo —incluido el extranjero— y al desarrollo de una espiritualidad centrada en el pobre. Estas experiencias abren nuevas posibilidades de convivencia noviolenta basadas en la confianza en Dios. Con el exilio y el mensaje del Déutero-Isaías, se afirma que es mejor estar entre los perseguidos que entre los perseguidores, y aparecen visiones proféticas de esperanza en un mundo nuevo sin violencia, creado por Dios.


Jesús, mediante su vida, su muerte y las primeras comunidades cristianas, lleva estas promesas a su cumplimiento en vida propia y en todas sus prédicas, gestos y oraciones. De este modo, la experiencia de Dios en Israel está íntimamente ligada a un cambio progresivo de actitud frente a la violencia. Inicialmente, la oposición a otros pueblos llevó a Israel a concebir a Dios como un "Yahvé guerrero". Más adelante, a través del sufrimiento y la experiencia de persecución, Israel fue descubriendo un Dios que se pone del lado de los perseguidos y de los inocentes que sufren.

Lohfink explica que las sociedades suelen proyectar en la divinidad la imagen de los vencedores o perseguidores. En cambio, la verdadera experiencia religiosa surge cuando la "víctima expiatoria" comprende que la violencia no es voluntad divina y que todos comparten responsabilidad en el desorden social. En ese momento, la imagen de Dios deja de ser violenta y se transforma. Así, Israel supera gradualmente la figura del Yahvé guerrero y descubre un Dios solidario con los oprimidos, que Jesús lleva a la plenitud.

En sus conclusiones, Lohfink afirma que el mensaje del Nuevo Testamento ofrece la esperanza decisiva para quienes buscan la paz: la propuesta de una sociedad alternativa noviolenta. El Dios violento del Antiguo Testamento no debe verse como un obstáculo, sino como una etapa histórica en un largo proceso que conduce hacia esa sociedad nueva que ha de defender y mantener la paz en la justicia, que lleva a toda noviolencia. Desde el Nuevo Testamento podemos hablar de la relatividad histórica de las imágenes de Dios en el Antiguo, entendiendo muchas de ellas como proyecciones humanas propias de sociedades en transición desde la violencia hacia la noviolencia. Lohfink insiste, no obstante, en que no se debe abandonar la lectura del Antiguo, al contrario: es indispensable precisamente por sus textos más violentos, porque desenmascaran la violencia de nuestro propio mundo como ninguna otra literatura antigua. Y así el Antiguo Testamento nos ayuda a comprender quiénes somos y cuántas estructuras violentas seguimos reproduciendo, y por tanto debemos abatir mediante la noviolencia, como cumplimiento de la verdadera y profunda voluntad de Dios. El cual no nos pudo crear para destruirnos (que es lo que consigue la violencia).

Lohfink es esperanzador al recalcar que las dificultades cristianas frente al Dios violento del Antiguo Testamento solo se superan plenamente cuando se vive de verdad el proyecto de una sociedad noviolenta. Ésta la tenemos plenamente presentada en el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret. En una comunidad cristiana comprometida con la noviolencia, los textos violentos del Antiguo Testamento han de poder adquirir un nuevo significado espiritual. Así, el Antiguo se vuelve esencial para redescubrir las dimensiones sociales de la fe cristiana y para comprender, de modo más profundo y simbólico, lo que esos textos querían expresar realmente sobre el Dios compasivo y noviolento que hay que descubrir día a día en nosotros mismos a la vez que en toda la historia del Pueblo de Dios que recorre la Biblia.

Xavier Garí de Barbarà, colaborador JP Barcelona