SEND THEM BACK: El odio y la rabia contra la persona

18.06.2026

"Send them back" (enviadlos fuera) vociferaban con un entusiasmo inusitado las bancadas de diputados de los grupos de la derecha, centro derecha y ultraderecha en el Parlamento Europeo al aprobarse el nuevo Reglamento de Retorno que dibuja un escenario tenebroso para los derechos de aquellas personas que vayan a ser "retornadas", devueltas, deportadas en muchos casos a terceros países que no garantizan el respeto a su dignidad como personas.

Estas proclamas, acompañadas de actos de odio y extrema violencia contra los "otros": extranjeros, migrantes y refugiados se han visto, también en estos días, en las calles de Belfast.

Todo esto sucedía apenas cinco días después de la entrada en vigor del Pacto Europeo de Migración y Asilo. Un pacto restrictivo, poco garantista y que deja en manos de los Estados miembro un elevado nivel de discrecionalidad a la hora de interpretar sus cláusulas y aplicarlas a las personas a las que van dirigidas. Un pacto que lleva aparejados planes de implementación por parte de los Estados signatarios y que ¿casualidad o no? más de la mitad de los miembros no han hecho público en lo que es un ejercicio intencionado de falta de transparencia.

Resulta, cuanto menos bochornoso que en el mismo año en que se conmemora el 75º aniversario de la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados asistamos a tamaña deshumanización por parte de los gobiernos de muchos de los Estados que en su día la firmaron y ratificaron (entre ellos todos los de la Unión Europea). Resulta, aún más lamentable que diputados y diputadas que se dicen herederos de la supuesta tradición y valores cristianos de Europa, exhiban sin tapujo alguno, sus sentimientos racistas y xenófobos que son lo más contrario al Evangelio como ya se encargó de decir el papa León XIV en su reciente visita a España, exhortando a renunciar a las palabras hirientes y a las calumnias y a aprender a custodiar el amor y el respeto en la familia, en los amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y las comunidades cristianas…

Parece oportuno en este punto recordar que la Convención de Ginebra pretendía y pretende, según su preámbulo, "asegurar a los refugiados el ejercicio más amplio posible de los derechos y libertades fundamentales" a través de un acuerdo en el que se plasmara la solidaridad entre los Estados pero también su compromiso para que ninguna persona que se encontrara fuera del país de su nacionalidad y tuviera temores fundados de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social, sexual u opiniones políticas y no quiera acogerse a su protección o no quiera regresar a él , no quedara desamparada. Es necesario, además recordar que esa Convención se sustenta en el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que establece que: "en caso de persecución toda persona tiene derecho a buscar asilo y disfrutar de él en cualquier país".

Hoy en Europa, en Estados Unidos y en no pocos países de América Latina se extienden las ideas esencialistas excluyentes, racistas como una mancha de petróleo que todo lo enturbia. Hoy en Europa se mira para otro lado con tal de que países como Afganistán, Libia, Marruecos, Albania, Turquía o Túnez admitan a "los retornados" aún sabiendo que se vulnerarán sus derechos. Hoy Europa no se puede mirar en el espejo de lo que fueron los valores que la fundaron.

Para hacer frente a esta lacra de la xenofobia y para erradicar de nuestras sociedades los discursos y, peor aún, los delitos de odio (que según noticia publicada en La Vanguardia el pasado día 4 de junio, aumentaron en España en 2025 un 23,6 %), es imprescindible, además de iniciativas legales, impulsar desde abajo una sólida formación/educación/sensibilización, en todos los niveles de enseñanza , y alcanzar un amplio consenso entre el mundo educativo, el de la comunicación social, los poderes públicos y todas las entidades de la sociedad civil, para que el principio de la igual dignidad de todas las personas sea una realidad y no una simple declaración.

También es imprescindible que los ciudadanos y ciudadanas tomemos conciencia de nuestra responsabilidad en las acciones y omisiones cotidianas que nos conciernen y de las que puede resultar la complicidad o no complicidad con los discursos y manifestaciones de odio y exclusión social que vulneran los Derechos Humanos. En ello nos jugamos no sólo la calidad, sino la propia existencia de la democracia.

Por último, pero no por ello menos importante es un imperativo ético y evangélico que ni en la Iglesia, ni entre los miembros de la misma, ni en sus medios y espacios de influencia tenga espacio ni lugar alguno cualquier discurso, manifestación o imagen que promueva de modo directo o indirecto la exclusión y el odio contra el otro, especialmente cuando es vulnerable o está oprimido.

Emilio José Gómez Ciriano, presidente CGJP, y Eudald Vendrell, responsable DDHH CGJP