Si quieres la paz, prepara la paz

29.12.2025

Como viene siendo habitual, la Comisión Nacional Justicia y Paz de Portugal destaca, con esta nota, algunos aspectos del mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz que le parecen de particular relevancia en el momento actual de nuestro país.

En dicho mensaje se hace referencia al incremento del gasto militar en todo el mundo que desde hace varios años se viene produciendo de manera ininterrumpida. Un aumento sin precedentes está previsto para nuestro país y para los demás miembros de la Unión Europea. Esta unión de Estados, nacida como alternativa a un pasado de guerras continuas, parece prepararse para la inevitabilidad de la guerra. Y lo hace a través de la disuasión, según el viejo adagio: «si quieres la paz, prepara la guerra».

El mensaje del Papa rechaza esta lógica como fundamento de una paz auténtica. Afirma:

«En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza. "La consecuencia —como ya escribía san Juan XXIII acerca de su tiempo— es clara: los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico"».

La verdadera paz no se basa en la desconfianza, el miedo y el «equilibrio del terror». Ese equilibrio es siempre precario e inestable; implica siempre el peligro de pasar de la amenaza al uso efectivo. Por otro lado, la carrera armamentística genera una escalada que puede no tener fin, porque a una amenaza se responde con otra mayor. Y de este modo se desvían hacia fines militares cuantiosos recursos que serían mucho más necesarios para la promoción del progreso social.

Existen alternativas que sirven para construir esa paz auténtica, que ciertamente tampoco se basa en la rendición ante la injusticia. Construyen esa paz auténtica la aplicación del derecho internacional, la cooperación entre los Estados, el desarrollo de los pueblos y los cambios de régimen por medios pacíficos (cambios que la historia reciente también registra).

Este mensaje denuncia asimismo políticas educativas que refuerzan la idea de la inevitabilidad de las guerras: «en vez de una cultura de la memoria, que preserve la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas, se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y de seguridad».

Los llamamientos de este mensaje no se dirigen solo a responsables políticos; se dirigen a todas las personas. La polarización que hoy exacerba muchos conflictos (también entre nosotros) no se limita a las relaciones entre personas políticas y de los gobiernos, sino que invade muchos ámbitos sociales. El desarme que propone este mensaje es, ante todo, el «del corazón, de la mente y de la vida».

A este «desarme» deben contribuir las distintas religiones. Afirma el mensaje: «Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios».

La paz a la que aludió León XIV en su primera alocución y a la que también se refiere en este mensaje no es una construcción puramente humana; es la paz que Cristo resucitado da a sus discípulos («Les dejo la paz, les doy mi paz»), es la «paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante», que «proviene de Dios, el Dios que nos ama a todos incondicionalmente».

El viejo adagio «si quieres la paz, prepara la guerra» debe, por tanto, ser sustituido por este otro: «si quieres la paz, prepara la paz».

Comisión Nacional Justicia y Paz de Portugal