Sospechas y retos ante la realidad migratoria

27.09.2026

Homilía de Monseñor García Cadiñanos en la Eucaristía con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del refugiado 2026. Recibid un saludo cariñoso y fraterno todos los aquí presentes, especialmente las familias migrantes que nos acompañáis en esta celebración, los miembros de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española, los miembros de la delegación de pastoral de migraciones de Madrid y todos y cada uno de los televidentes. Muy especialmente mi saludo quiere llegar a los ancianos y enfermos. Sentid en estos momentos la cercanía y el calor de Jesús y de su Iglesia.

Si os habéis dado cuenta, el Evangelio está plagado de preguntas de Jesús que interpelaron a sus oyentes y que hoy nos siguen interrogando. A Jesús le gusta interrogarnos, porque el seguimiento del Maestro siempre nos invita a salir, a dejar atrás nuestra comodidad, a mirar lo que es bueno y nos hace bien, a hacerlo personalmente desde nuestra propio discernimiento.

Hoy afloraba una de estas preguntas: tras la parábola del padre que envía a sus hijos a trabajar a la viña y en la que cada uno tiene palabras y comportamientos diversos, Jesús pregunta y nos pregunta: ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?

Tras esta pregunta no hay una recriminación o un rechazo hacia uno de los hijos. Jesús sabe bien que muchas veces nos comportamos como uno o como otro. Así nos manifiesta la paciencia que Él tiene siempre para acoger nuestra respuesta. Pero, sin duda, lo que esta parábola pone frente a nosotros es la incoherencia de vida. Reconozcámoslo: muchas veces decimos una cosa, pero hacemos la contraria.

Con esta pregunta, Jesús nos invita también a pararnos y descubrir cuál es lo auténticamente importante en el camino del discipulado, en la vida cristiana. Y lo fundamental, que no se nos olvide, es vivir de acuerdo a la voluntad del Padre: descentrarnos de nosotros mismos para dejar que sea Dios el que pilote la barca de nuestra vida. El creyente es el que se vacía de sí, para dejar a Dios ser más Dios en su vida.

Pablo VI, en aquel documento fundamental del evangelizador que es la Evangelii Nuntiandi, nos recordaba precisamente que estamos evangelizados, es decir, nos abrimos a la voluntad de Dios, cuando nuestra vida se transforma de manera que "los criterios de juicio, los valores, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad se configuran con los de Cristo".

Este es nuestro reto, nuestra meta. Por eso, constantemente necesitamos ser evangelizados, dejarnos abrir a la voluntad del Padre. No puede ir por una parte la liturgia y por otra la vida. No podemos comulgar con Cristo y luego comulgar con la injusticia, la violencia, el rechazo, las ideologías excluyentes, las opciones políticas y económicas que matan. Toda nuestra vida tiene que abrirse al cumplimiento de la voluntad del Padre. Lo que nos identifica como seguidores del Maestro es nuestra adhesión a su proyecto de justicia y salvación. Un proyecto en el que, "las prostitutas y los publicanos, es decir, los aparentemente ajenos al grupo de los nuestros, nos llevan la delantera". Todo un reto que nos interroga.

En esta misma clave nos invitaba a profundizar la segunda lectura que hoy hemos proclamado: fijaos, la vida cristiana es un proceso por el que hacemos nuestros "los sentimientos de Cristo". Aquél que tomó la condición de esclavo, que se humilló a sí mismo y se entregó hasta la muerte y una muerte de cruz. Este es también el camino que hoy se nos propone como plenitud de vida.

Desde esta exigente Palabra, os propongo iluminar nuestra vida y nuestra historia concreta. En este domingo, en el que celebramos la Jornada del Migrante y el Refugiado, os invito a reconocer nuestra condición migrante en este mundo, pero también a revisar nuestra actitud ante los migrantes y refugiados que tenemos junto a nosotros.

No hace falta insistir en que se trata de un tema especialmente sensible hoy, en el que, por desgracia, muchas veces nos acercamos más desde posicionamientos particulares, ideológicos o interesados que auténticamente iluminados por la fe. Y, sin embargo, también en esta realidad se nos invita a plantearnos las preguntas de la Palabra de hoy: ¿Cómo cumplir aquí la voluntad del padre? ¿Cómo hacer nuestros los sentimientos de Cristo? ¿Qué hacer para no separar nuestra vida de fe y una conducta acorde con la fe que profesamos? ¿Cómo transformar nuestros juicios, palabras, actitudes?

Si profundizamos en estas preguntas, nos daremos cuenta de que el Señor nos sigue recordando que su voluntad está siempre generando vida, acogiendo la fragilidad de los hermanos, impidiendo que nadie quede al margen del camino, ampliando el nosotros de nuestra comunidad para hacer un nosotros más amplio. Los sentimientos del Señor tienen que ver con la acogida y el valor de cada persona, con estrechar manos, con dialogar, con provocar encuentros personales, con generar comunidades acogedoras. Sin duda, Él rechazaría posturas de indiferencia y, sobre todo, denunciaría comportamientos de rechazo y de odio frente a los inmigrantes. Él apostaría, como nos dice el papa León, "por desplazar el eje del debate de la mera gestión de los flujos migratorios a la protección plena e inmediata de los derechos humanos, adoptando una respuesta coordinada, solidaria y eficaz" (Mensaje Jornada, León XIV).

La Iglesia española ha vivido hace unos meses el viaje del papa a España, con una parada importante en las Islas Canarias. Quizás hoy es un buen día para releer aquellos mensajes y acoger las invitaciones que nos hacía. Entre otras muchas cosas nos decía: "La Iglesia no puede desentenderse de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche". Y en otro lugar añadía: "Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar".

La Jornada de los Migrantes y Refugiados de este año lleva por título "Incluso uno solo de estos pequeños". Invita a descubrir el valor de cada persona, y sobre todo, a poner nuestra mirada en los menores. Quizás ellos son los más frágiles en los procesos migratorios y los que requieren una atención más vigilante por parte de las administraciones y de toda la sociedad. En efecto, en la crisis de Ceuta, estamos descubriendo cómo son los menores los más afectados. Es importante aquí reconocer siempre el interés superior del menor. Y, como dice el papa en su mensaje para esta jornada, recordar que "las instituciones públicas y privadas están obligadas a situar en el centro la protección y la dignidad de cada niño y adolescente. Esto implica la adopción de instrumentos jurídicos eficaces de protección, promoviendo la reunificación familiar y evitando los traumas de la separación".

Afortunadamente son muchos los signos de acogida a los menores que se dan a nuestro alrededor. Son muchas las presencias de vida consagrada y de Iglesia, así como de otras organizaciones, que acompañan a los menores en su crecimiento humano. Gracias por vuestro empeño y vuestro compromiso. Seguid adelante en vuestra tarea. Es fundamental dotarles de una familia que les arrope y cuide.

Estamos celebrando la eucaristía. Esta «es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual». Creciendo en comunión en un único Cuerpo, "la eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación" (MH 235). Que la Palabra que hoy hemos escuchado y que la eucaristía que estamos compartiendo nos lleve a abrir caminos de fraternidad, especialmente con los menores, mostrando así la voluntad del Padre.

VÍDEO: MISA RETRANSMITIDA EN RTVE