Tiempo de la Creación, tiempo de renovación

01.09.2026

El Tiempo de la Creación es el período que cada año congrega a los cristianos de todo el mundo, entre el 1 de septiembre y el 4 de octubre —fiesta de san Francisco de Asís— a orar, reflexionar y actuar a favor del cuidado de la casa común. Mucha gente piensa que este Tiempo fue una propuesta del papa Francisco. Desde luego, la gran atención que dedicó Francisco a las grandes amenazas para la supervivencia de la vida sobre la Tierra invita a asociar esta iniciativa a su magisterio. Pero en realidad fue el patriarca ortodoxo de Constantinopla Dimitrios I quien hizo esta propuesta ecuménica en 1989. Primero se le unieron algunas iglesias protestantes, en 2001 el Consejo Mundial de las Iglesias adoptó la iniciativa, y en 2015, después de publicar su encíclica Laudato si', el papa Francisco instituyó el 1 de septiembre como jornada mundial de oración por el cuidado de la Creación. Todavía en 2019 Francisco asumió la celebración de todo el período del Tiempo de la Creación en unión ecuménica con las otras confesiones cristianas que ya venían celebrando esta iniciativa.

Que el Tiempo de la Creación no haya sido una iniciativa original de la Iglesia católica no la desmerece, sino todo lo contrario. A diferencia de otros tiempos en los que la reprobación, el anatema, la exclusión y la animadversión dominaban la relación entre las iglesias, cuando la Iglesia católica para nada se habría rebajado a asumir una iniciativa de cismáticos y herejes, el espíritu ecuménico ha ido dando pasos hacia el mutuo reconocimiento, valoración y colaboración entre las iglesias cristianas. Y es bueno que la Iglesia católica muestre una saludable humildad asumiendo todo lo bueno que nace en otras comunidades.

En un mundo marcado hoy por la polarización, el tribalismo excluyente, la erosión de las relaciones sociales y el resquebrajamiento de las más elementales normas de la convivencia democrática, el espíritu ecuménico se alza como un potente signo que cuestiona esta deriva social y anuncia una alternativa conveniente y posible. La responsabilidad de la comunidad cristiana en este sentido es enorme, y no podemos ahorrarnos la mirada autocrítica hacia nuestros propios grupos, para identificar y desenmascarar cualquier tentación de dejarnos contaminar por las fobias y las intolerancias que corroen la salud ciudadana.

Para quienes vivimos en el hemisferio norte, el Tiempo de la Creación coincide con el inicio de curso. En la parte del mundo que habitamos, después de la sequedad del verano las primeras lluvias de septiembre anuncian la posibilidad de una buena siembra y la esperanza de una cosecha generosa. Cada vez vivimos con menor atención el ciclo natural de las estaciones, pero a pesar de los desmanes que le infligimos al planeta, con un cambio climático que es su respuesta y que se acelera y agrava, el mes de septiembre todavía es, en nuestra geografía, un tiempo de renacimiento de la vida y, por lo tanto, una llamada a preservarla. Aunque el año del calendario empieza en enero, septiembre tiene un sabor de reinicio. En el ámbito escolar, por supuesto, pero también empieza el curso político, las asociaciones y entidades retoman su actividad, y toda la vida social tiene un aire de vuelta a empezar. Y si volvemos a empezar, podemos rectificar, reintentar, retomar, renacer.

El Tiempo de la Creación nos invita, un año más, a volcarnos hacia el cuidado de la casa común para que la renovación de la vida siga siendo posible, a comprometernos de verdad para que nuestro planeta deje de ser dañado por un sistema económico y social depredador, a unir de manera coherente las intenciones de nuestra oración y nuestras acciones en la vida de cada día en pro del cuidado, y a no dejarnos vencer nunca por la peor de las tentaciones, de la que nos alertaba el papa León XIV en su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de este año: pensar que nuestro compromiso es inútil ante la enormidad de los conflictos. El papa León nos llamaba a vencer el fatalismo y la resignación, porque para quienes quieren someter el mundo a su antojo "la mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de unos valores" (ojo al dato de esta última frase). Y proseguía: "A esta estrategia hay que oponer el desarrollo de sociedades conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala".

El reto es enorme, pero cualquier gran viaje empieza con un primer pequeño paso. Es el Tiempo de la Creación. Vamos allá.

Miquel Àngel Maria Ballester,
Delegado diocesano de Justicia y Paz de Menorca