X Jornada Mundial de los Pobres
Una llamada a la Justicia y a la Fraternidad. El próximo 15 de noviembre celebraremos la X Jornada Mundial de los Pobres, que este año tiene como lema: «El Señor es el refugio del pobre» (cf. Sal 14,6). Pocas semanas antes, el 17 de octubre, las Naciones Unidas conmemoran el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Ambas iniciativas, desde ámbitos distintos, nos recuerdan una misma realidad: la pobreza no puede entenderse como un destino inevitable ni como un fracaso personal, sino como una cuestión de dignidad, derechos y justicia.
Los datos nos interpelan. Según la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, en 2025 el 25,7 % de la población española se encontraba en riesgo de pobreza o exclusión social. En Andalucía, la cifra ascendía al 34,7 %. Detrás de estos porcentajes hay personas concretas: familias, mayores, niños y niñas, trabajadores con empleos precarios y personas que no encuentran una vivienda ni unas condiciones de vida dignas.
En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el papa Francisco sentenciaba: «No a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata» (EG, 53), y nos recordaba en Fratelli tutti que «el mercado solo no resuelve todo» (FT, 168), subrayando la necesidad de afrontar las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad.
Para quienes intentamos seguir a Jesús, esta realidad no puede dejarnos indiferentes. Los bienes que Dios ha creado están destinados a toda la humanidad y alcanzan a todas sus criaturas. Por eso, la sobreexplotación de los recursos y la acumulación de la riqueza en pocas manos se oponen al plan de Dios.
El sistema económico actual favorece la economía financiera y la especulación, alejándose cada vez más de la economía real, sostenida por el trabajo, la producción y los servicios. Cuando la economía se orienta principalmente a obtener el máximo beneficio, las personas dejan de estar en el centro y pasan a ser tratadas como instrumentos de producción y consumo. Por eso puede hablarse de crecimiento económico mientras muchas personas que viven de su trabajo o de su pensión no pueden afrontar el coste de la vida y continúan en situación de pobreza.
En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el papa Francisco sentenciaba: «No a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata» (EG, 53), y nos recordaba en Fratelli tutti que «el mercado solo no resuelve todo» (FT, 168), subrayando la necesidad de afrontar las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad.
El grito de los pobres y el grito de la Tierra
Lamentablemente, la desigualdad también se reproduce entre naciones. Los países empobrecidos son sobreexplotados por sus recursos por parte de los países desarrollados, mientras gran parte de su población carece de lo básico para vivir con dignidad. Según informes recientes de Oxfam y del Banco Mundial, el 1 % más rico posee más de la mitad de la riqueza del planeta, mientras millones de personas viven con menos de 2,15 dólares al día.
A esta realidad se suma la crisis medioambiental. El modelo económico basado en producir y consumir cada vez más, buscando beneficios inmediatos, deteriora los recursos naturales y agrava el cambio climático. Una vez más, son las personas pobres quienes sufren primero sus consecuencias. Como señaló el papa Francisco en Laudato si', la crisis social y la crisis ambiental forman parte de una misma crisis socioambiental.
El auge de la era digital es otro factor que incrementa la brecha de discriminación y exclusión. Las personas más pobres encuentran cada vez más dificultades para acceder a las nuevas tecnologías y aprovechar sus recursos, lo que limita aún más sus oportunidades.
Resulta, cuando menos, sorprendente que en los países desarrollados se hable tanto del control de fronteras y tan poco de las causas que originan la migración
Todo lo anterior crea un caldo de cultivo que favorece la violencia, las mafias, la corrupción, las guerras y la migración de miles de personas que huyen de situaciones insoportables. No hay alambrada ni frontera capaz de detener la desesperación humana.
Resulta, cuando menos, sorprendente que en los países desarrollados se hable tanto del control de fronteras y tan poco de las causas que originan la migración. Poner fin a la sobreexplotación de los recursos de los países empobrecidos, adoptar medidas de redistribución justa de la riqueza —como la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras— y destinar el 0,7 % del PIB a cooperación son medidas necesarias para frenar tantas muertes y tanto sufrimiento de quienes huyen de sus países.
Nuevas formas de economía y consumo
Muchas veces sentimos que no podemos hacer mucho para cambiar las cosas. Sin embargo, no colaborar con las estructuras injustas es una forma muy potente de compromiso. "La no-cooperación con el mal, es un deber tan evidente como la cooperación con el bien" (M.Gandhi).
Por eso hemos de revisar en qué medida nuestra forma de vivir y de participar en la sociedad nos hace cómplices de un sistema injusto que nos aleja del mensaje del Evangelio.
En un ámbito más especializado, existen alternativas económicas al sistema capitalista actual. La llamada Economía de Francisco propone principios orientadores que sitúan en el centro a la persona y el trabajo digno, con el fin de garantizar una vida con dignidad. También impulsa una economía sostenible, capaz de cuidar el planeta y de fomentar la cooperación frente a la competitividad extrema. Es decir, la empresa no cuantifica solo el beneficio económico, sino también el bienestar de las personas, el empleo inclusivo y la economía local.
Hemos de revisar en qué medida nuestra forma de vivir y de participar en la sociedad nos hace cómplices de un sistema injusto que nos aleja del mensaje del Evangelio.
Existen ya muchas iniciativas que recogen los principios de esa nueva forma de economía bajo la denominación de "Economía Social": cooperativas; emprendimiento social; economía social. Todo esto alimenta la esperanza para seguir trabajando por ese mundo fraterno al que estamos llamado.
La transformación también ha de comenzar en nosotros
Ante esta dura realidad hemos de descalzarnos, porque entramos en tierra sagrada. Debemos trabajar por el cambio de las estructuras económicas y sociales que perpetúan la pobreza y la discriminación, pero también transformar nuestro propio corazón. Solo así dejaremos de colaborar con lo injusto y podremos reconocer en quien sufre la pobreza a una persona que no nos es ajena, sino hermana nuestra, con la misma dignidad. Desde ahí cambiará también nuestra forma de consumir, de trabajar, de entender la economía y de participar en la vida política.
En esta Jornada Mundial de los Pobres, el Papa nos invita no solo a sentir compasión ante la pobreza, sino a dejarnos interpelar por ella y a comprometernos en la transformación de las causas que la generan. Desde esta perspectiva, ser refugio para el pobre implica también cuestionar una sociedad que permite que unos acumulen mientras otros carecen de lo necesario, y preguntarnos cómo contribuimos nosotros y nosotras a las estructuras sociales y políticas que generan exclusión y desigualdad. Es un camino largo, pero lleno de esperanza. Como nos dice san Pablo: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos a su debido tiempo» (Gál 6,9).
Milagrosa Fernández Bey
Comisión Diocesana de Justicia y Paz Cádiz y Ceuta.


